¿Tus emociones te dominan? Descubre cómo liberarte de ellas

Reprimir emociones no funciona, solo las traslada al cuerpo. Desahogarte tampoco. Hay otra opción: observar y soltar.

Persona liberándose de emociones negativas y buscando paz interior

Me irritan los artículos sobre emociones donde hay un "protagonista". Ahí lo tienes llegando al trabajo, recibiendo una crítica, quedándose bloqueado sin hacer la pregunta que debía. Pobre protagonista. Vamos a compadecerlo y a enseñarle a vivir.

Pues no.

Seamos honestos: ese protagonista soy yo. Y tú. Y tu jefe, que grita en las reuniones y luego no puede dormir. Todos somos protagonistas aquí. Todos lo intentamos. Todos reaccionamos a veces de maneras que luego querríamos que nos tragara la tierra.

Y de eso quiero hablar — de nosotros. Sin viñetas.


El control es un mito

Nos enseñaron a controlar las emociones. Contener la rabia. Reprimir el miedo. No mostrar debilidad. "Contrólate". "Cálmate". "Ya eres adulto".

Pues eso no funciona.

Bueno, funciona — pero a crédito. Cada sentimiento reprimido no desaparece, simplemente se mete en el cuerpo. En la mandíbula apretada. En el nudo en la garganta. En el insomnio. En el estallido tres semanas después, cuando alguien pregunta inocentemente "¿seguro que llegas al deadline?" — y explotas.

Darle vueltas a la emoción tampoco es la solución. ¿Conoces ese estado en el que repites la situación en tu cabeza una y otra vez, inventando respuestas perfectas, imaginando cómo pones a todos en su sitio? Una hora después estás agotado, la rabia sigue ahí, y tu sistema nervioso ha recibido la misma carga que un conflicto real.

Reprimir — mal. Darle vueltas — mal. ¿Entonces qué?

Notar. Y soltar.


Por qué es tan difícil

Porque la reacción parece la única opción posible. Está tan integrada en nosotros desde la infancia que se ha convertido casi en parte de nuestra identidad.

No simplemente te enfadas con la injusticia — eres alguien que no tolera la injusticia. No simplemente temes la crítica — eres alguien que siempre intenta quedar bien. La reacción emocional se ha fusionado con tu forma de entenderte a ti mismo.

Y cuando alguien dice "podrías no reaccionar" — suena como una propuesta de renunciar a un trozo de ti. Como si te dijeran: deja de ser tú.

Pero aquí está la cosa. La reacción no eres tú. Es un hábito. Muy viejo, muy familiar, pero un hábito al fin y al cabo. Lo aprendiste porque te ayudaba a sobrevivir — en la familia, en el colegio, en las primeras relaciones. Era útil. Lo era.

Ahora estás en otro lugar. Pero el hábito sigue ahí. Y se activa en automático, aunque ya no tenga ningún sentido.


Qué hacer: deconstrucción

Cuando la emoción te invade, el córtex cerebral se queda fuera de juego temporalmente. Es fisiología: la amígdala ha tomado el control, y la parte racional del cerebro simplemente no puede activarse. Por eso analizar en el momento es inútil. No vas a escucharte.

Lo primero que funciona — salir físicamente. Del despacho. De la habitación. A la calle. Cambiar de espacio. No para huir de la conversación, sino para darte una pausa.

Después — no pensar. No darle vueltas. No ensayar respuestas. Dejar que los pensamientos pasen sin agarrarte a ellos. Esto es más difícil de lo que parece, porque el cerebro va a seguir lanzándote "ah, pero esto es importante" una y otra vez. No piques.

Y solo cuando haya pasado — cuando la respiración se haya estabilizado, cuando los hombros hayan bajado, cuando el córtex haya vuelto a funcionar — entonces puedes pensar.

Preguntarte: ¿de dónde viene esto? ¿Por qué reacciono así? ¿Para qué me sirve esta reacción — qué protege? Y lo más importante: ¿esta situación realmente merece esta respuesta? ¿O estoy reaccionando por inercia, a algo viejo que ya no está aquí?

A veces la respuesta es sí, lo merece. A veces la rabia es apropiada. A veces el miedo te salva.

Pero muchas veces no. Muchas veces descubres que estás reaccionando a un fantasma. A la voz de tu padre en tu cabeza. A la profesora de tercero. A un ex que hace tiempo que no está en tu vida.


Soltar no significa calmarse

Esto es importante. "Cálmate" es violencia. Es ordenarte a ti mismo sentir algo distinto de lo que sientes. Contrólate. Basta. Para ya.

No funciona. Bueno, funciona como un tapón — temporalmente y con consecuencias.

Soltar es diferente. No es forzarte, sino permitir. Permitir que los pensamientos pasen de largo sin agarrar cada uno por la cola. Permitir que el cuerpo haga lo que hace — temblar si tiembla, respirar entrecortado si así respira. No corregirte. Simplemente estar en ello hasta que pase.

No tienes que volver a la normalidad al instante. No tienes que parecer tranquilo. No tienes que cumplir las expectativas de nadie sobre cómo se debe procesar algo.

Esto, por cierto, es lo más difícil — permitirte no tener que cumplir. Ni con la situación, ni con los demás, ni con tu propia imagen de persona-que-siempre-puede-con-todo.

Puedes no poder. Puedes salir. Puedes quedarte callado. Puedes decir "necesito cinco minutos". El mundo no se va a hundir.


Toda la idea cabe en una frase: puedes no reaccionar.

Un pensamiento simple. Tan simple que parece — ¿y qué tiene eso de nuevo?

Y luego lo intentas — y entiendes lo difícil que es. Porque todo dentro de ti grita que reaccionar es necesario. Que sin reacción eres un blandengue. Que callarte es perder. Que soltar es rendirse.

Es mentira. Pero reeducarte lleva tiempo. No es una sesión con el psicólogo ni un artículo leído. Es poco a poco, sin prisa, sin machacarte por los retrocesos. Notar. Registrar. Intentar soltar. A veces sale. A veces no.

No sé si hay un momento en que esto se vuelve fácil. Sospecho que no. Sospecho que simplemente se convierte en un hábito — como en su día se convirtió en hábito la vieja reacción.

Solo que el nuevo hábito no te destruye por dentro.