El trabajo real no estaba en el panel: estaba en hacerla hablar antes

Cobré, entregué y cumplí el pliego. Seis meses después ella seguía con sus Excels de siempre, y ahí empezó a incomodarme una pregunta que ningún contrato responde.

Share
El trabajo real en la captación de clientes y desarrollo de producto

Con aquel panel de RRHH todavía hay algo que no consigo resolver.

A la clienta le encantó. No fue el típico gesto educado al final de la videollamada: le molaba de verdad. Iba clicando entre pestañas, encontró dónde había escondido las altas masivas de vacaciones y soltó un «anda, qué cómodo». Aceptó el trabajo y me pagó ese mismo día. Y un mes después volvió calladita a sus Excels y a sus hojas impresas, precisamente las que, en teoría, eran el motivo por el que me habían llamado.

Y esto es lo que no me deja tranquilo. No tengo claro que ella hiciera ninguna tontería.

Lo que construí

El panel era bueno, sin falsa modestia. Fichas de empleados, vacaciones, evaluaciones, un montón de pequeña automatización que se comía todo ese trajín manual que tiene a la gente de RRHH siempre un poco de los nervios. Me pasé semanas puliendo los recorridos: dónde va a pulsar, qué verá después, dónde tres clics se reducen a uno. Le pedí que lo probara. Le pedí que lo rompiera. Le pedí que me dijera si algo fallaba.

Ni lo rompió ni dijo nada. No tenía tiempo: departamento de personal, cierre de trimestre, gente de carne y hueso con sus vacaciones y sus bajas. Yo lo entendía y no la apreté.

Requisitos cumplidos. Seis meses después seguía retocando aquel panel gratis.

Cómo me enteré

Me enteré de casualidad. Le escribí para preguntar si necesitaba algo más, así, por educación. Y me respondió algo tipo «ah, el panel… no, de momento seguimos como antes». Como antes. Seis meses de «de momento». Toda la automatización por la que me habían pagado seguía intacta, como esa cinta de correr que acaba de perchero en un rincón del dormitorio.

El primer pensamiento fue corto y cabreado: menuda pérdida de tiempo. Ella lo pidió, ella lo aprobó, ella volvió al trajín. Yo puliendo recorridos a base de noches, y ella con su «como antes».

El pensamiento me duró un día, más o menos. Después empezó a incomodarme.

Por qué hizo eso

Me puse a repasar los motivos por los que una persona normal abandona algo que la beneficia a ella misma. Salieron una barbaridad.

No tuvo tiempo de entrar en materia: lo nuevo siempre va más lento que lo viejo las primeras semanas, y esas semanas no las tenía. Se cansó de mis preguntas y en algún momento empezó a asentir solo para que la dejara en paz. Pagó y decidió que ahí acababa su parte, que lo demás era cosa mía. Le dio miedo reconocer que no había entendido la interfaz, porque ese es su terreno y quedar de pez fuera del agua en tu propio trabajo da corte. No quiso tomar la docena de pequeñas decisiones que yo le colgaba encima: más fácil no tomar ninguna. Confió en que ya luego, de alguna manera, se solucionaría solo.

Ninguno de los motivos iba sobre el panel. Todos iban sobre una persona a la que nunca llegué a implicar de verdad.

Dónde entra mi parte

Aquí es donde me atasco cada vez.

Formalmente estoy limpio. Pliego cerrado, acta firmada, dinero cobrado: cualquier abogado me daría una palmadita en la espalda. Podría no darle ni una vuelta: hice lo que me pidieron, lo demás no es asunto mío.

Pero tengo la sensación —y no la puedo demostrar, simplemente la siento— de que el trabajo de verdad no estaba en el panel. Estaba en hacer hablar a esa mujer antes de que yo escribiera la primera línea. Sacarle no lo que había encargado, sino cómo vive de verdad su jornada. Distinguir cuándo un «vale» significa «vale» y cuándo significa «estoy cansada, déjame en paz». Eso no lo hice. Y el resultado: construí una cosa que funciona de maravilla y que no usa nadie.

¿Se le puede llamar a eso un resultado? No me sale decirlo.

Lo que no sé

No va a haber moraleja. «Prestad atención a vuestros clientes»: yo no soy ningún ejemplo para andar dando consejos.

Hay profesionales que piensan, y con honestidad, que su trabajo es entregar según el pliego y que a partir de ahí ya se apañarán, que para eso son adultos. Y no puedo decir que se equivoquen. A lo mejor hasta es más sano: no cargar con la responsabilidad ajena. Lo que pasa es que hay muchos así y, por lo que yo veo, se cambian unos por otros sin despeinarse.

Yo, por lo visto, elegí ser distinto. No por nobleza: he intentado creerme que era nobleza y no cuela. Más bien por cabezonería: me da físicamente mal rollo que mi trabajo se quede muerto ahí tirado, aunque no sea culpa mía.

Con aquel panel nunca llegué a saber de quién fue la culpa. Pero desde entonces escucho menos lo que el cliente dice en la entrega. Y más cómo se calla cuando algo, de verdad, no le encaja.